15 February, 2017 14:01

ADRIANITA, BOLÍGRAFO EN MANO.

Cuando esta mañana he llegado a mi mesa de trabajo, pensando que fuera una nota que ayer dejara escrita, me he inclinado a ver qué era y me ha penetrado, vía ocular, un torrente de ternura. Ayer, a la vuelta de la escuela, mi nieta Adriana subió a darme un beso. Me encontró por lo visto muy ocupado viendo el partido que París Saint Germán y Barcelona dirimían en el estadio del primero -¡qué triste 4 – 0- . En vista de que yo no le hacía mucho caso, la nieta se dirigió al escritorio, se hizo con uno de mis bolígrafos, y en una entremezcla de mayúsculas y minúsculas estampó Adriana, su nombre, Viviana, el de su hermana pequeña, mama y papa, sin acentos, por Madalen y Gustavo.Para ella son , sin duda, las cuatro referencias afectivas más inmediatas. Son las ventanas desde las que comienza a “ver” el mundo y a “relacionarse” con él. Al nivel siguiente nos encontramos Stella, la abuela, abriendo el desfile, los primos Zenik y Zuri, los papás de éstos, Maite y Marcial, y yo. No podemos comunicarnos mucho Adrianita y yo porque ella, impronta de la escuela, se expresa mejor en inglés que en español y yo soy un cero si quiero decir algo en inglés. De manera que ha optado por decirme cómo progresa en sus estudios dejándome escritas las cuatro palabras más maravillosas de su vida y su vocabulario. Y “sin querer queriendo”, me ha dicho/enseñado dos cosas: que ella es con su hermanita y sus primos parte de la infancia que comienza a abrirse como una rosa, inocencia y esperanza y belleza, y expuesta a los peligros mil con que el mundo actual les recibe, por lo que debemos quererlos y cuidarlos como si fueran -y lo son- el mejor tesoro. Lo segundo que me ha dicho/aconsejado con su escueto mensaje es que recuerde mi infancia, que regrese a mi infancia, que me haga niño para luego querer y cuidar mejor de/a los niños de hoy. Durante un buen rato me he detenido a mirarme atrás, en la lejanía de mis primeros años. En ambientes y entornos muy distintos, los niños de todo el mundo son hoy lo que siempre hemos sido los niños de todos los tiempos. ¿Cuándo los mayores hemos acertado a ponernos en el lugar de los niños para brindarles un mundo menos complejo, más sano y más feliz? ¿Qué pediríamos para nosotros, a base de nuestra actual experiencia, si fuéramos los niños de hoy? De paso, el mensaje de Adrianita me ha llevado al pasaje aquel en el Evangelio en que Jesús clama y advierte: “Si no os hiciereis como niños … “. Y a la pregunta que se hacía el poeta salmantino Gabriel y Galán en “La pedrada”: “¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?”. Me basta y me sobra para mis rumias de este día. Gracias, Adrianita.

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